EL TESORO ESCONDIDO DELA SANTA MISA

San Leonardo de Porto-Maurizio – (1676-1751)

CAPÍTULO

EXCELENCIA, NECESIDAD Y UTILIDADES
DE LA SANTA
MISA

 

Antes de principiar te diré que este Santo Sacrificio se llama Misa, esto es, enviada, porque representa la legación que media entre Dios y el hombre; pues Dios envía a su Hijo al altar, y de aquí la Iglesia le envía a su Eter­no Padre para que interceda por los pecadores. (SAN BUENAVENTURA. In exp. Miss.).

 

  1. Mucha paciencia se necesita para tole­rar el contagioso lenguaje de algunos liber­tinos que con frecuencia se atreven a difun­dir proposiciones escandalosas, que tienen sabor de muy pronunciado ateísmo, y son un veneno para la piedad cristiana.

“Una Misa más o menos, dicen, poco im­porta”.

“Ya no es tan poca cosa oír la Misa los días de obligación”.

“La Misa de tal sacerdote es una Misa de Semana Santa: y cuando lo veo acercarse al altar escapo de la iglesia”.

Los que así se expresan dan bien a entender que en poco, mejor dicho, que en nada apre­cian el adorable sacrificio de la Misa. ¿Sabes, querido lector, lo que es en realidad la Santa Misa? Es el sol del mundo cristiano, el alma de la fe, el centro de la Religión católica, ha­cia el cual convergen todos los ritos, todas las ceremonias y todos los Sacramentos; en una palabra, es el compendio de todo lo bueno, de todo lo bello que hay en la Iglesia de Dios. Medita, pues, atentamente, piadoso lector, lo que voy a decirte en estas páginas para tu instrucción.

EXCELENCIA DEL SANTO SACRIFICIO

DE LA MISA

  1. Es una verdad incontestable, que todas las religiones que existieron desde el principio del mundo establecieron algún sacrificio que constituyó la parte esencial del culto debido a Dios: empero, como sus leyes eran o viciosas o imperfectas, también los sacrificios que prescribían participaban de sus vicios o de sus imperfecciones. Nada más vano que los sacrificios de los idólatras, y por consiguiente no hay necesidad de mencionarlos. En cuanto a los de los hebreos, aun cuando profesaban entonces la verdadera Religión, eran también pobres e imperfectos, pues sólo consistían en figuras: Infirma et egena elementa[1], según expresión del Apóstol San Pablo, porque no podían borrar los pecados ni conferir la divina gracia.

El sacrificio, pues, que poseemos en nuestra Santa Religión es el de la Santa Misa, el único sacrificio santo y de todo punto perfecto. Por medio de él todos los fieles pueden hon­rar dignamente a Dios, reconociendo su dominio soberano sabre nosotros, y protestando al mismo tiempo su propia nada. Por esta razón el santo rey David le llama Sacrificium iustitiae[2]), sacrificio de justicia, no sólo porque contiene al Justo por excelencia y al Santo de los Santos, o mejor dicho, a la Jus­ticia y Santidad por esencia, sino porque san­tifica las almas por la infusión de la gracia y por la abundancia de dones celestiales que les comunica. Siendo, pues, este augusto Sacrificio el más venerable y excelente de todos, y a fin de que te formes la sublime idea que debes tener de un tesoro tan precioso, vamos a explicar sucintamente algunas de sus divinas excelencias, porque para expli­carlas todas se necesitaba otra inteligencia superior a la nuestra.

[1] “Débiles y pobres elementos”. (Gal. 4, 9). (N.del E.).

[2] S. 4, 6. (N. del E.)

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Carta a los Amigos de la Cruz

San Luis María Grignion de Montfort

PRÓLOGO 

La divina cruz me tiene escondido y me prohíbe hablar. No me es posible –y tampoco lo deseo– dirigiros la palabra a fin de manifestaros los sentimientos de mi corazón sobre la excelencia de la cruz y las prácticas de vuestra unión en la cruz adorable de Jesucristo.

No obstante, hoy, último día de mi retiro, salgo –por así decirlo– del encanto de mi interior para estampar en este papel algunos dardos de la cruz a fin de traspasar con ellos vuestros corazones. ¡Ojalá que para afilarlos sólo hiciera falta la sangre de mis venas en vez de la tinta de mi pluma! Pero, ¡ay!, aun cuando fuera necesaria, es demasiado criminal. ¡Sea, por tanto, el Espíritu de Dios vivo como la vida, fuerza y contenido de esta carta! ¡Sea su unción como la tinta! ¡Sea la adorable cruz mi pluma, y vuestro corazón, el papel!

Los Amigos de la Cruz

Estáis unidos vigorosamente, Amigos de la Cruz, como otros tantos soldados del Crucificado, para combatir el mundo. No huis de él, como los religiosos y religiosas, por miedo a ser vencidos, sino que avanzáis como intrépidos y valerosos guerreros en el campo de batalla, sin retroceder un solo paso ni huir cobardemente. ¡Animo! ¡Luchad con valentía!

Uníos fuertemente; la unión de los espíritus y de los corazones es mucho más fuerte y terrible al mundo y al infierno de lo que lo serían los ejércitos de un reino bien unido para los enemigos del Estado. Los demonios se unen para perderos: uníos para derribarlos. Los avaros se unen para negociar y acaparar oro y plata: unid vuestros esfuerzos para conquistar los tesoros de la eternidad contenidos en la cruz. Los libertinos se unen para divertirse: uníos para sufrir.

EXCELENCIA DEL SANTO SACRIFICIO

DE LA MISA

  1. Es una verdad incontestable, que todas las religiones que existieron desde el principio del mundo establecieron algún sacrificio que constituyó la parte esencial del culto debido a Dios: empero, como sus leyes eran o viciosas o imperfectas, también los sacrificios que prescribían participaban de sus vicios o de sus imperfecciones. Nada más vano que los sacrificios de los idólatras, y por consiguiente no hay necesidad de mencionarlos. En cuanto a los de los hebreos, aun cuando profesaban entonces la verdadera Religión, eran también pobres e imperfectos, pues sólo consistían en figuras: Infirma et egena elementa[1], según expresión del Apóstol San Pablo, porque no podían borrar los pecados ni conferir la divina gracia.

El sacrificio, pues, que poseemos en nuestra Santa Religión es el de la Santa Misa, el único sacrificio santo y de todo punto perfecto. Por medio de él todos los fieles pueden hon­rar dignamente a Dios, reconociendo su dominio soberano sabre nosotros, y protestando al mismo tiempo su propia nada. Por esta razón el santo rey David le llama Sacrificium iustitiae[2]), sacrificio de justicia, no sólo porque contiene al Justo por excelencia y al Santo de los Santos, o mejor dicho, a la Jus­ticia y Santidad por esencia, sino porque san­tifica las almas por la infusión de la gracia y por la abundancia de dones celestiales que les comunica. Siendo, pues, este augusto Sacrificio el más venerable y excelente de todos, y a fin de que te formes la sublime idea que debes tener de un tesoro tan precioso, vamos a explicar sucintamente algunas de sus divinas excelencias, porque para expli­carlas todas se necesitaba otra inteligencia superior a la nuestra.

[1] “Débiles y pobres elementos”. (Gal. 4, 9). (N.del E.).

[2] S. 4, 6. (N. del E.)

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